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| En toda actividad doméstica, debe privar la limpieza. Foto: BAER vía Meta IA |
1. Signos de crecimiento. Uno de los indicadores de que vamos alejando la cabeza del suelo, es que adquirimos pericia en el uso de las herramientas del hogar y son precisamente ésos, porque con ellos empezamos a medir nuestra estatura, nuestro alcance y nuestra fuerza, ya sea por medio de juegos o porque debemos aprender a usarlos; algunas veces quisimos asomarnos a ver qué tenía mamá en la tarja o si estaba bien usar una escoba como caballito, lo que nos sirvió de referencia para ver qué tan largos teníamos los brazos o si llegábamos a pasar el nivel del mueble sin un banquito de por medio. Quizá hayamos olvidado la satisfacción sentida cuando pudimos bajar un vaso del gabinete para servirnos agua de la jarra más pesada.
2. Y la madurez. Supongo que s todos nos explicaron qué era ser maduro en diversas formas, algunas entendibles de un jalón, otras no tanto, por lo que debíamos llenar la falta de información a golpe y porrazo; podríamos entenderla como una meta a la cual llegar por un camino de abrojos que debíamos transitar estoicamente, también, como un proceso en el cual mostrar equilibrio en etapas era lo importante. Cualquiera que fuera la explicación, estaba basada en lo que se esperaba de nosotros, no en cómo nos sintiéramos, visión dirigida a prevenir quizá que no fuéramos agredidos de alguna forma o que no estuviéramos molestando con tonterías, cuando lo que importa, es descubrirnos estables bajo cualquier contingencia.
3. Los de limpieza. ¿Cómo es que podríamos asociar, una escoba, un trapeador o una franela con el crecimiento mental y afectivo? La iglesia nos da una pista con Martín de Porres, el famoso «fray escoba», quien más allá de ser un guerrero que agarrara a escobazos a los infieles o presentarse como un ser resignado a su destino, tuvo entre sus manos un instrumento que le permitía escuchar a su entorno mientras realizaba una tarea cotidiana. Más allá de juntar o quitar polvo, los instrumentos de limpieza pueden simbolizar cierta paz interior, lo que se logra por tener el espacio que nos rodea en orden. Hay quienes, incluso, llevan sus arreos de limpieza a todas partes, obviamente en tamaños especiales para viaje, seguramente porque gustan de su estándar de orden.
4. Como una olla. A las emociones hay que cocinarlas a fuego lento, dándoles su tiempo de cocción propio, los recipientes con los que contamos pueden ser de barro, de aluminio o de acero inoxidable, de acción pausada o express, pero debemos tener algunas consideraciones, el tiempo de reacción de nuestra «olla» hará que, si no tomamos en cuenta a los demás, pueden aburrirse de nosotros o espantarse por nuestra posible explosividad. Otro punto es que cada uno tenemos una capacidad que no conviene rebasar puesto que podemos romperla o averiar sus empaques y una olla descompuesta o sirve para nada o queda nada más de adorno. Último punto, nunca debemos olvidar que el principal condimento de cualquier guiso es la paciencia. Salud.
Beto.

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