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| Como aprender un segundo idioma. Foto: BAER vía Meta AI |
1. Échale ganas. En pocas ocasiones he tenido que detenerme a entender y sacar mi propia definición de algo que me hubieran dicho, que cuando escucho los modismos que todos damos por claros y captados, aunque éstos se queden a medio camino; esas expresiones tienen como cometido el dar por terminada una plática o un tópico específico de ella y, a la vez, dar un consejo o una advertencia acerca de un problema. Está el caso del «échale ganas» cuya ventaja para el que la emite es que no tiene porqué esforzarse en especificar a qué, pues si usara el supuesto sinónimo que es «esfuérzate», tendría que decir en qué o para qué, dando con ello un punto a la ambigüedad con la que solemos conducirnos cotidianamente; por otro lado, ¿cómo se echan las ganas? José Luis García Galeano diría al respecto: «qué ganas de que me den ganas».
El hubiera no existe. ¿Qué diría Platón al respecto? El gran ideólogo del mundo inmaterial estará retorciéndose en donde sea que se encuentre, pero seguro será un espacio que él mismo se creó para pasar a gusto toda la eternidad; nos estará mirando con desdén y sentirá que le taladran los oídos cada vez que pronunciemos esa frase condenatoria de todo ese mundo de ideas que ocupó parte de su tiempo y seguro, sirvió como punto de partida para lo que ahora conocemos como relativismo, los universos alternos y las especulaciones sobre los viajes en el tiempo. Si ya pensamos en las alternativas, por supuesto que existen mientras las tengamos en la mente, las olvidaremos quizá, pero las recrearemos cada vez que vuelvan a nuestra memoria con las ventajas o desventajas que eso implique.
3. Amárrense los pantalones. En el colmo de la resignación, seguimos reglas no escritas con las que decimos que nos alineamos y adaptamos a las circunstancias que nos rodean, como en tiempos de escases y austeridad (que han sido todos desde que nacimos) o de contingencias como desastres naturales y provocados por el consumo de hidrocarburos o meramente de ineptitud programada como inflaciones y poco conocimiento económico; «hay que amararse los pantalones» tiene como trasfondo la renuncia a resistirnos a malos manejos de las instituciones que conducen al país y suponemos que, con ello, nos zafamos de la responsabilidad de observar qué es lo que está mal, puesto que así nos tocó vivir y no habrá nadie que lo componga, dejando libre el paso a vividores y rateros con ínfulas de redentores.
4. Ponerse abusado. Como es costumbre en mi muy atribulada cabeza, al oír esta expresión tuve que preguntar por el significado, ya que a mis tiernos cinco años, no había tenido la oportunidad de escucharla, con la consecuencia de que la respuesta fue totalmente contraria a su significado original; me advirtieron «ponte abusado», por lo cual entendí algo así como «alerta» o «listo», sin embargo, con el paso del tiempo me enteré que no se trataba de una postura sino de un estado, es decir, que era un calificativo de alguien que es víctima de abuso, lo que hizo que me imaginara después que quizá ésa era la razón por la cual se usa como alternativa «ponte buzo», pero resultó peor porque eso me remitía irremediablemente a pensar que debía estar «en el agua». Salud.






