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| La libertad no siempre es como nos la pintan. Foto: BAER |
1. Para imponer nuestra voluntad. Desde un esquema de imposición de la individualidad, ser libres puede significar hacer lo que se nos dé la gana, lo que crea más incertidumbre que certeza, pues al no tener claros los límites de mis «ganas», tampoco estaré seguro de qué sería lo que a los demás se les antojaría hacer. Es por eso que la libertad, como todo en sociedad, debe ser consensuada, tener límites definidos al mismo tiempo por necesidades grupales y obligaciones y derechos particulares; recordemos también que la libertad es manifiesta cuando se ejerce y esto, aunque parezca obvio, pocas veces la aplicamos en la realidad, por ejemplo, somos libres de transitar por donde queramos, pero no lo hacemos porque algunas zonas nos resultan bastante peligrosas.
2. Porque es valorada desde la escuela. Se nos enseñó con los libros de texto que uno de los valores más apreciados era la libertad, paradójicamente, resulta ser el más mencionado, pero el que, racionalmente hablando, el que menos se ejerce; en la escuela se mantiene en el aire, flotando como una aspiración que nunca logró consolidarse dado que es más fácil adoctrinar desde la culpa, la vulnerabilidad y la derrota. La libertad requiere de un compromiso que pocos están dispuestos a asumir, porque eso exige además ejercerla con los demás, porque aunque se trate de un valor universal, no puede ser absoluto ya que debe compararse lo que hacemos con ella y lo que hacen los demás, dado que los límites y los alcances se encuentran en la propia práctica.
3. Porque es un derecho. Lo que pesa es que lo pensemos como un otorgamiento y no como parte esencial de nuestra (muy discutible) humanidad; eso sí, gritamos a los cuatro vientos que somos libres, que queremos ser libres y cada día nos encadenamos a pasiones y necesidades creadas por otros para alimentar un consumismo hueco que nos mantiene en un nivel básico de sobrevivencia y reacción, como el estar atrapados en un embotellamiento que concebimos, no como un uso irracional del coche, sino como la «obstaculización de mi derecho» a circular rápido, sin cuestionar «la libertad» que tuvimos de adquirir automóviles sin más restricción que nuestros bolsillos o de circular todos a fuerza a la misma hora por las mismas calles.
4. Porque no tenemos idea. Como abstracción, la libertad nos enamora como en un cuadro de fascinación de vuelo; si lo pensamos como una manera de independizarnos de la casa paterna (todo anhelamos eso alguna vez), nos regocijamos imaginándonos haciendo lo que nos pegue la gana, a la hora que se nos antoje y con quien mejor nos convenga, pero... por desgracia, todo tiene un costo, primero monetario y después anímico y ambos exigen un precio que, si los queremos, debemos estar dispuestos a pagar. Para empezar, una renta por un lugar para vivir, después, administrar el tiempo para poder salir porque el tener dinero requiere de trabajo, bien o mal remunerado, que suele ocuparnos al menos, por ocho horas diarias. Salud.
Beto.






