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| Querer siempre tener la razón, impide la comunicación. Foto: BAER vía Meta AI |
1. Supuesto patrimonio de todos. Presumimos de saber comunicarnos, inferimos que nos damos a entender perfectamente y sin lugar a dudas, suponemos entender todo lo que escuchamos, vemos o leemos, sin embargo, ¿por qué aún en este tiempo tan globalizado, aparecen los malos entendidos? Ruidos aparte, pudiéramos echarle la culpa a malas pronunciaciones, faltas de ortografía o efectos visuales, el caso es que a pesar de nuestra gran capacidad de procesar datos, mucha de la información que llega a nosotros nos confunde o de plano nos hace entender en direcciones contrarias a la intención original del mansaje. Con todo eso, en lo último en lo que pensamos cuando una línea de información se interrumpe y no conseguimos la respuesta que esperamos, es en problemas de comunicación.
2. La condición básica. Meseros, tenderos o dependientes de salchichonerías de las tiendas departamentales tienen una cosa en común para con el trato conmigo, pareciera que todos entienden una cosa distinta de la que les digo y terminan dándome otra cosa y no la que les pedí; ya pasó que al restaurante al que suelo ir los jueves me llevaron un vaso de jugo cuando solicité sólo una naranja, un señor me dio tortillas de harina en lugar de las de maíz en la tiendita de la esquina y cuando solicité jamón de pavo San Rafael, me dieron Sabori. No me molesta el cambio de marca tanto como la sensación de que nadie me hace caso, aunque a decir verdad, son más sus ansias por atenderme que no ponen atención a lo que digo, que posiblemente no sea del todo audible.
3. La contradicción. Cada capítulo de cada libro que leímos en la carrera debió pasar por el tamiz de la coherencia discursiva, es decir, que lo afirmado en un párrafo no se contradijera con el siguiente, a menos de que estuviera justificado; es quizá la contradicción, en el mundo de las letras, el mayor pecado que puede cometer un escritor, sin embargo hacia el interior, lo más molesto que debe soportar es la censura, principalmente cuando ésta viene de una autoridad que dice procurar la libertad de expresión y luego hace todo lo contrario. En décadas anteriores, ser de una sola pieza, era lo mínimo que se exigía a los demás (y a uno mismo) para cualquier tipo de relación, hoy no sé si basados en la relatividad confundida con ambigüedad, puede pasar inadvertido eso de serlo.
4. Simple información. A estas alturas de nuestro desarrollo intelectual y afectivo, ya deberíamos tener claro que informar no es comunicar y lo que hacemos en ocasiones frente a los demás, es sólo lo primero; damos órdenes, sugerimos de manera impositiva, o aconsejamos sin que se nos solicite, simplemente porque suponemos que poseemos una razón más válida que la de los demás para hacerlo, sin siquiera averiguar después si esa orden, sugerencia o consejo les fue de utilidad. La inmediatez y el poco o nulo seguimiento de lo que decimos a los demás, nos impide entender por qué se nos aísla de algunas decisiones; y esta reacción es lógica si suponemos que los demás ya tenían su respuesta y sólo querían ser escuchados. Salud.
Beto.






