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| Los bromistas tendrán que esperar a mejores oportunidades. Foto: BAER |
1. La broma nuestra de cada día. Supongo que nadie en estas tierras se despierta pensando «¿a quién haré víctima de mis bromas hoy?», aunque puedo equivocarme; de todo hay en la viña del señor, lo que hay en abundancia y con una variedad que ni el boticario del pueblo donde creció mi madre se lo hubiera imaginado, son bromas; tampoco creo que haya una hora adecuada para hacer o recibir la primera broma del día, pero de que seremos testigos de una, lo seremos. Los escenarios son tan diversos que debemos estar alertas todo el tiempo porque en cada uno habrá al menos un bromista que haya tomado como apostolado el difundir su muy grato, aunque a veces poco oportuno, sentido del humor; como pasa con todo en este mundo, la costumbre mencionada depende de la apreciación de otros.
2. No todos están para aguantar. Las sensibilidades son muy distintas en cada uno y van cambiando conforme crecemos, lo cual no significa que necesariamente transitemos directo a la madurez; bromistas y víctimas de las bromas no siempre estamos de vena para realizarlas ni para aguantarlas, a las primeros los traiciona su «obligación» de ser chistosos todo el tiempo y a los segundos, a veces se les enciende la conciencia de que no están para soportar tonterías, por lo cual, suele suceder que los papeles se reviertan y las respuestas se vuelvan ofensivas, lo malo es que los bromistas suelen también tener puntos vulnerables que alguien avispado podría utilizar para atacarlos, lo que redunda en una baja en la estima del atacado.
3. La vieja indirecta. Desde muy chicos estamos expuestos a las frases que son pero no son, que van contra otros pero que en realidad somos el blanco, en las que pretenden hacerte sentir bien, pero en realidad son para atacarte; pudieran pasar como un signo de inteligencia, sin embargo, en realidad son un camuflaje para herir sin consecuencias. Podríamos apelar a la espectacularidad que resulta de una batalla basada en el disimulo, quizá implementando una escala de puntaje para definir un ganador, por ejemplo, el número de argumentos que nada tengan que ver con un defecto físico o un problema psicológico, cuántas caras de incertidumbre logran en un probable público o dejar callado al oponente, como «muerte súbita», al menos con eso, provocar el mejorar la formulación de imágenes.
4. Joyas de la mariconería. La máxima expresión del disimulo se da en el anonimato, cuando suponemos que al hacer algo que sabemos que va a molestar a uno o a muchos, no van a descubrirnos como en un estadio de fútbol o en una manifestación multitudinaria. Ya lo había explicado antes, pero no está de más explicarlo otra vez, estamos en presencia de la mariconería cuando percibimos que alguien «tira la piedra» y esconde la mano, aclaro que eso nada tiene que ver con la homosexualidad, por lo que maricones hay de todos tamaños, colores y sabores. En este sentido, habrán notado que el estilo actual de gobernar se define por esta burda práctica de hacer o decir algo para después negarlo y se mantienen en su postura a pesar de descubrirles el confeti en los calzones. ¡Qué poca... memoria! Salud.
Beto.






