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| Algunas veces, el dejar pasar nos prepara para lo que viene. Foto: BAER vía Meta AI |
1. No me acuerdo. Resulta proverbial nuestra falta de memoria, posiblemente porque no guardar cierta información sea un mecanismo de defensa en contra de posibles metidas de pata; en lo personal si me funciona como tal, así que como confidente suelo ser muy bueno debido a lo desmemoriado que soy, lo bueno es que, para recuperar la información que se me confió, basta con que el interesado me comente sobre ello e inmediatamente recordaré, pero nadie más. Algo así debe pasarnos con las acciones llevadas a cabo por los gobiernos de todos los niveles, ya que en cada cambio de sexenio o trienio, volvemos a hacerles el caldo gordo con la farsa democrática que montan con las elecciones. Nos quejamos en respuesta, sin hacer gran cosa como pueblo y nos peleamos por gente a la que no le importamos.
2. No vale la pena. A pesar de que solemos olvidar la inmediatez, hay recuerdos que se arraigan como garrapatas a los cuartos traseros de las vacas; si todas las imágenes que retenemos fueran agradables, no tendríamos problema alguno en ocupar el cerebro en ellas, pero pareciera que éste se empeña en mostrarnos aquellas que nos molestan, nos entristecen o nos avergüenzan, como si de un complot en nuestra contra se tratara. Por algo, una parte de nuestro cerebro se encarga de desechar información que considera irrelevante con el fin de que funcionemos lo mejor posible y no caigamos en auto censuras inútiles, así que, la única explicación que podríamos dar para no guardar la totalidad de la información a la que hemos estado expuestos toda la vida, es que no vale la pena.
3. Al cabo que ni quería. La memoria suele traicionarnos en dos sentidos, cuando necesitamos recordar algo relevante y cuando deseamos haber olvidado y el recuerdo machaca inmisericordemente nuestras neuronas; las dos causan desesperación, más cuando estamos frente a otro que requiere que recordemos algo en específico o que nos confía un secreto. Nos resulta igualmente inútil no tener información como en caer en la tentación de difundirla; algo semejante a los momentos en los que el ridículo resulta poco manejable. Con el paso del tiempo, son más los eventos en los que se nos van las cabras al monte que los que retenemos, principalmente, los del corto plazo, porque los del largo, deben soportar las mutilaciones, transformaciones y cambios que podrían tergiversar o dar más sabor a los recuerdos.
4. A otra cosa. Recordar es bonito aunque lo recordado no sea del todo placentero, pues es una de las acciones que nos indican que nuestro cerebro está sano, a cierta edad no quizá no como para concursar en un evento de memoria, pero sí lo suficiente para recordar en dónde dejamos las llaves. Pasado el trauma de los primeros olvidos, lo que importa es cómo procesaremos la nueva información dado que la anterior ya no nos funcionará de la misma manera o ya no nos sirve o será preciso deshacernos de ella porque no debe ocupar un espacio útil. Aunque a veces, dejar pasar el pasado no es estrictamente olvidarlo, sino replantearlo para que en el momento oportuno, venga a enseñarnos otra manera de mirarlo y aprovecharlo para convertirlo en motivo de enseñanza para otros. Salud.
Beto.






