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| En el proceso de acostumbrarnos eliminaremos lo que no nos gusta. Foto: BAER |
1. Acción fortuita. Adherirnos a una costumbre nueva depende de cuánto estemos convencidos de aceptar posibles cambios en las rutinas y con quiénes tengamos que realizarlas; generalmente la respuesta es positiva pues, para empezar, la curiosidad nos acercó y la apertura de mente haría el resto. Cada cambio está constituido de dos partes, como todo en la naturaleza, es decir, por cada ganancia hay una pérdida por inversión y ésta se da en tiempo, recursos y esfuerzo. Pero de eso nos damos cuenta con el paso de los años, puesto que en el momento en que tenemos la oportunidad de cambiar nuestras rutinas, responsabilizamos de ello a la casualidad, ya que nadie planea cambiar a menos que sea necesario por carencia, incomodidad o superación de facultades, circunstancias que no se presentan a diario.
2. Deseo cumplido. Gracias a la cantidad de información de toda índole a la que podemos acceder, es factible aficionarnos o ¿por qué no?, de enamorarnos de culturas ajenas a la nuestra, de ésas que nos permiten expresarnos sin tener que soportar la carga afectiva de los rituales (si practicamos de ellos) o de la cooperación en efectivo (si nos declaramos ajenos); entre estar dentro de asociaciones o fundaciones y estar fuera de ellas, la adición por lo que hacen determinará nuestro carácter, lo mismo que si nunca pisamos sus terrenos, pero al comprometernos a participar, al contrario de cambiar totalmente nuestros hábitos, reforzaremos algunos y modificaremos otros al darnos cuenta de que lo que hacen, no está tan alejado de lo que pensamos de nosotros mismos y los círculos en los que nos desenvolvemos.
3. La asistencia social. A estas alturas, esa forma de juntar dinero ya no es nueva, sin embargo, pareciera reinventarse año con año aprovechando la poca memoria que tenemos para la indignación; tanto las loterías como las cooperaciones voluntarias televisivas juegan con partes vulnerables de nuestra idiosincrasia, las primeras con el sentido de urgencia que nos ha rodeado por toda la vida a muchas generaciones y las segundas, con el sentimentalismo que despierta todo manejo melodramático que hacen de aquello que consideramos desgracia, aunque también nos hemos vendido la idea de los mejores guerreros. En ciento sentido, ambas prácticas nos permiten valorar de otra manera a las asistencias que de manera individual y anónima realizan algunas personas preocupadas por los demás.
4. El buen vecino. Debería ser aquel que con nadie se mete en problemas, que está dispuesto a colaborar en su colonia o barrio y que se toma el tiempo para denunciar lo que está mal en su entorno o de perdida, que tuviera uno de esos tres rasgos. Por desgracia, el no meterse en problemas se confunde con la indiferencia, ya que la definición que tenemos , la comparamos con el conflicto lo cual restringe el entendimiento de aquello que deberíamos resolver en comunidad. Asimismo, al colaborar lo equiparamos con la obligación y por su parte, a la denuncia la confundimos con acusación; lo que no hemos entendido es que hay diferentes niveles de compromiso que dependen del evento a enfrentar y el número de personas involucradas. Salud.
Beto.






