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| No toda acaba, sólo hacemos las cosas más lento. Foto: BAER |
1. La rutina no es divina. Hay que tener alguna, impuesta o voluntaria, eventual o perenne, a nuestro gusto (por favor) o no, no podemos evadirlas porque de ellas depende el que tengamos orden y no nos invada el caos, sin embargo, en teoría las acciones repetitivas carecen de atractivo en sí mismas y, por ello, luego andamos poniéndoles retos para volverlas interesantes; que si logramos barrer la sala en cinco minutos, que si los trastes se escurren en dos, que si tendemos la cama en otros cinco y que si mañana lo hacemos todo en menos de diez, porque será necesario e imprescindible todo lo rutinario, pero a veces nos cuesta un pequeño sobre tiempo empezarlo. Tampoco se trata de satanizar a las rutinas, porque como afirmé, son necesarias, pero ¿dónde se consigue el convencimiento para hacerlas?
2. El tiempo no tiene grietas. Ni el alma tampoco pues, al ser ambos constructos para poner en orden dos aspectos importantes en nuestro desarrollo, no hay un contenedor tangible en el cual observarlas; ¿nuestro cuerpo? Claro que se agrieta, no obstante, el cuerpo contiene cosas palpables como órganos, plasma, agua y demás componentes necesarios para funcionar adecuadamente. Asociamos el paso del tiempo con las marcas faciales sin considerar que el proceso de envejecimiento no depende del tiempo sino del desgaste natural de la células que cumplen con ciertas tareas y tienen una fecha de caducidad o, mejor dicho, un margen de utilidad; quizá sea más determinante la pérdida de agua que las horas vividas para que nuestro aspecto pierda eso que definimos como juvenil.
3. Todo pasa. La eternidad comienza cuando termina la vida y así existiéramos por setecientos años, ningún tiempo es comparable al que el mundo ha prescindido de nuestra presencia; vale de muy poco lo que supongamos o creamos con base en las religiones, la vida se extingue y no parece haber indicios que haber vuelto en ninguna de las formas individuales que ha manifestado y lo que produzcamos, sólo estará en pie mientras dure este planeta, cuando truene (que lo hará) todo va a perderse, a menos que encontremos la manera de trasladar todo a otro mundo. Quizá si lo viéramos todo desde esta perspectiva, aprenderíamos a apreciar el tiempo que pasamos en esta dimensión (en estas tres, mejor dicho) en lugar de invertirlo en maltratar todo lo que nos rodea.
4. Y todo queda. El chiste está en tener el mayor número de cercanos posible, sin importar que los conozcamos o no; por la obra se reconoce al artesano, dice el dicho y sobre eso emiten su juicio aquellos que siguen su trayectoria o consumen sus productos, en eso debe consistir dejar un legado, algo que cualquiera pueda observar y disfrutar sin restricciones o el módico pago de recuperación para la entrada al recinto en el que se encuentren. En algo como heredar, el número de personas sí es importante porque no es lo mismo dividir entre dos que entre dieciocho, sin embargo, el estar seguros que el legado será preservado, nos lleva más tiempo para saber quiénes serán esos individuos que asumirán la tarea de la manera más seria posible, puesto que ya no estaríamos para verlo. Salud.
Beto.






