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| Debe llegar el momento en que defendamos lo nuestro. Foto: BAER vía Meta AI |
1. La primera arma. Habrá quien la vea como un signo de debilidad, principalmente en la infancia, pero la diplomacia debería ser el camino para dirimir diferencias de toda índole, pero no, en muchos de los casos ya sean domésticos o históricos, preferimos partirnos la cara antes que hablar. Ante una agresión, según hayamos sido educados, la responderemos o trataremos de evitar que la sangre llegue al río, lo que nos tiene a nivel social en un estado de indefensión momentánea, lo que no significa que nunca vayamos a reaccionar. Basta con que alguien detecte el origen del descontento (esperemos que sea tangible) y el conflicto que hubiera podido arreglarse por la palabra, se lleve a los golpes. No atacar no significa no defenderse.
2. Motivos de hartazgo. Debemos plantear que el ser inofensivo no implica no tener defensas, sino que no se tiene como prioridad el atacar a los demás, lo que lleva a alguien así a ser poco reactivo a los ataques ajenos, hasta que éstos llegan a cierto límite; todos llegamos a un punto de reacción contraofensiva generalmente cuando percibimos que estamos a un límite de humillación y el hartazgo detona nuestra capacidad de ataque. Así como hay que temer de los callados, también hay que hacerlo de los pacientes, pues así como pueden reaccionar con un plan maquiavélico perfectamente elaborado con tiempo, pueden hacerlo de manera explosiva, siendo los más peligrosos los primeros, porque aunque las huellas que dejen ambos sean permanentes, la de aquellos es más destructiva.
3.Como perrito bailarín. No sé cuánta resistencia a la frustración tengamos como país o si tenemos la facultad de reproducirla una vez que nos damos cuenta de que algunas situaciones no tienen remedio, el caso es que cuando logramos sobreponernos a un problema, alguien se las ingenia para oponernos el mismo, pero con un grado de dificultad mayor, algo así como alimentar las esperanzas de ganar un mundial de futbol cambiando cuerpos técnicos, sin resolver los problemas estructurales en la federación que dirige tal deporte ni mucho menos, sanear la liga que lo preside; bien dicen por ahí que con dinero baila el perro, es decir, que quien tiene solvencia económica puede imponer su voluntad sobre los demás y quienes no la tenemos, debemos aprendernos varios pasos de baile.
4. Hombres y mujeres de paz. Supongo que la mayoría de nosotros despertamos todas las mañanas deseando tener un buen día de labores en la mejor de las condiciones, con la tranquilidad que merecemos y sin que nada perturbe esa paz; por supuesto, nuestro primer pensamiento no será «¿a quién le haremos la vida imposible hoy?», a menos que tengamos problemas mentales. No, hemos sido educados para mantener la fiesta en paz (curiosa selección de palabras), para no tener más conflictos que el cómo hacer mejor las cosas, a pesar de los inadaptados que buscan maneras de conseguir lo que desean por cualquier medio, tratando de que nada les cueste. Producimos lo que nos gusta a la escala que nos conviene cuando entendemos que lo que importa de ello es compartirlos entre todos. Salud.
Beto.






