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| No es necesario que pase algo extraordinario para poder asombrarnos. Foto: BAER |
1. Recurso natural no renovable. Hay rasgos de la personalidad que, a fuerza de burlas y ataques, hemos convertido en casi pecados capitales, lo contradictorio es que intentamos preservarlos en la niñez como si de verdad fueran un tesoro para después erradicarlos como si nos estorbaran; ¿por qué no los preservamos en la edad adulta? Yo sólo tengo una respuesta: porque, por flojos, no hemos aprendido a relacionarnos con todo tipo de personas y pretendemos que todos se comporten como nosotros lo hacemos. Un caso muy claro es la ingenuidad, la cual desde edades muy tempranas se toma como tontería, sin embargo, quien la trata de esa manera tiende a relacionarse con los demás basándose en bromas, que ellos tienen la obligación de entender y quien no lo hace, debe aprender aunque sea con burlas.
2. ¿Son una pérdida? El esquema anterior nos hace perspicaces, quizá sólo suspicaces y de ninguna manera, mejores que alguien ingenuo, al que si lo volvemos como nosotros nos haría parecer cínicos; quizás hayan escuchado a alguien decir que su niña/o «perdió la inocencia», pero nunca escuchamos en qué se convirtió, suponemos que en alguien «normal», sin embargo, si eso fuera bueno, ¿por qué lo lamentamos? Tratamos de justificarnos diciendo que lo permitimos para que no vayan a aprovecharse de su ingenuidad, claro que hay gente estúpida que vive de aprovecharse de los demás, pero una cosa es alertar sobre engaños y otra, sugerir que ser ingenuo es malo. Reitero que nos falta paciencia para tratar con alguien sin malicia, paciencia para no caer en la tentación de «ayudarle» a salir.
3.Sentirnos mundanos. Quien afirma que ya nada de este mundo le asombra, padece de un cinismo generalizado y a veces involuntario impuesto por la ignorancia y el desdén por lo que no puede controlar, así que lo minimiza hasta el ridículo para no evidenciar su carencia; asombrarnos es el último bastión de nuestro gusto por estar vivos, aspecto que compartiremos con los demás mamíferos y con el cual manifestamos nuestra afinidad. A cambio de ello, preferimos pasar por hombres y mujeres de mundo, quienes ya lo vimos todo y que aseguramos, sin temor a equivocarnos, que nada hay nuevo bajo el sol; es cierto que mucho de lo que escuchamos y vemos ya lo habíamos experimentado antes, pero ¿qué hay de malo en repetirlo sin hacerles el feo? ¿Acaso no consumen telenovelas?
4. Vuelta a la candidez. No se trata de parar cada cinco metros y asombrarnos porque volaron mariposas o moscas o cómo es que algo tan pequeño como una hormiga pueda llevar por «grandes distancias» objetos más pesados que ella; recordemos que la relatividad está en ponernos en la perspectiva específica de lo que se está tratando o de quien lo está tratando, por lo tanto, el estar o parecer asombrado se ajusta a lo que realmente nos interesa, sin avergonzarnos de ello y sin menospreciar todo lo demás, por otro lado, asombrarse no es lo mismo que sorprenderse; algo nos asombra porque, de alguna manera, estamos al pendiente de ello, como un gol de media distancia al ángulo superior derecho por parte del delantero, el mismo gol nos sorprendería si fuera obra de un espontáneo. Salud.
Beto.

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