lunes, 7 de septiembre de 2026

Repetir patrones

La costura retrata mejor lo que son
los patrones. Foto: BAER vía Meta AI

Irapuato, Gto.-

1. Diría la costurera. Y mientras no sean los que tuve en ciertas escuelas de cuyo nombre no quiero acordarme; un patrón es un modelo, algo en lo que confías para poder repetir procesos y se mantenga la calidad; aplica para los moldes, las recetas y las personas. En otras palabras, un patrón no manda, procura que las cosas (y sus procesos) signa un mismo cauce; reitero lo de los procesos porque son los primeros indicativos de que se va bien o se va mal con lo que estemos emprendiendo. Tener una guía es importante si consideramos nuestra costumbre de repetir lo que nos gusta o lo que podemos intercambiar, eso en lo que se refiere a productos, si volteamos a ver a los asuntos conductuales, la repetición se fundamenta en cuanto a que debemos fabricarnos una «tarjeta de presentación».

2. Aferrado que es uno. El dominar un patrón lleva a algunos a mecanizar sus movimientos hasta convertirse en un maestro en su manejo, a otros, a buscar otras maneras más eficientes de hacer lo mismo; para los segundos puede volverse en una especie de obsesión, pero saben que sólo con constancia pueden lograr los cambios que imaginan. En el nombre está la naturaleza del individuo, ser constante es un camino y no una meta pues quien afirma serlo, debe probarlo a diario. Muchos de ellos son más bien personas que no soportan ver o dejar las cosas a medias, por lo que se comprometen a «rellenar» todo aquello que esté incompleto, según su perspectiva, por lo que van a tener trabajo caso de por vida, sin importar la naturaleza o las características de éste.

3. La útil contención. Si sólo fuera por obediencia, más de la mitad de la población de este país no aceptaría órdenes de algo impuesto de antemano sin explicación suficiente, como el uso de conceptos como «patriotismo», «religiosidad» o «deportivismo» con reglas establecidas bajo la óptica de un tiempo que ya pasó y con adecuaciones que no terminan de ser las óptimas. Nos imponemos a las adversidades que esos conceptos (y otros) traen consigo porque nuestro temperamento así lo exige; tenemos la templanza como para soportar cien años de abusos que han institucionalizado la inmediatez jugando con la esperanza popular de una mejor vida aquí y en el otro mundo, sin que veamos claro y a sabiendas de que, sin importar las caras, nadie cumplirá tales sinrazones.

4. Para no incomodar. ¿Nos educamos para ser amables o para no molestar? El primer comportamiento requiere de convencimiento personal de que el esfuerzo por tratar bien a las personas vale la pena, sin importar que seamos retribuidos o no; el segundo nos obliga a escondernos detrás de una carátula de «buena persona» sin que en realidad ejerzamos ese título, sólo nos libra del contacto con los demás y sus consecuentes compromisos. ¿De dónde habrá salido la idea de que, de primera mano, nuestra presencia molesta a los demás? Quizá se trate de una proyección de aquellos que no les agrada ser visitados a deshoras pero nunca explicaron qué significaba eso, aunque después lo hayamos descubierto al insertarnos en la dinámica laboral, haciéndonos casi antisociales. Salud.

Beto.

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