viernes, 31 de diciembre de 2010

El que espera, no es manzana

Las vísperas siempre tienen una carga emotiva muy fuerte; aunque digan que no hay plazo que no se cumpla, la espera provoca innumerables sensaciones que hacen que veamos al tiempo pasar con suma lentitud. Inclusive, la cercanía de la hora fijada para algún encuentro parece arribar en el lomo de una tortuga. Eso sí, cuando llega el momento, entonces se trepa en un fórmula uno.
Las esperas son crueles pues, al parecer, se ponen de acuerdo con la persona a la que se aguarda, para que le sucedan todo tipo de imprevistos. Se concatenan eventos que, cuando no haces alguna cita, ni siquiera asoman la nariz. Si esperas a alguien o alguna persona más te citó, no falta que se te olviden las llaves, que hayas salido sin la cartera, que no pase el camión o el taxi, que no quiera arrancar el auto y que además, te quedes sin batería en el celular para poder avisar que llegarás tarde.
Ya he experimentado ambos lugares, el de esperar y ser esperado. Ninguno resulta ser un motivo para parecer interesante; por el contrario, quien te aguarde, pensará en un montón de causas que seguramente le van a angustiar, le harán pensar lo peor y hasta esté elucubrando sobre si hablar a emergencias o no. En esta última ocasión, tuve que aventarme un show donde, por no haber previsto el cargar la batería del celular como es debido, me trepé en una serie de alternativas que culminó, sí en mi llegada tarde, pero además en la compra dos veces fallida de un cargador de auto para el mismo. Posteriormente lo adquirí, pero el circote nadie me lo va a quitar.
Ahora estoy esperando la noche vieja, el 2011 pareciera venir con alguna sorpresa, ¿en qué rollos me meteré para solventar los aumentos a gasolinas, comestibles y artículos de lujo? Pienso muy seriamente en todos los rituales que me han recomendado para alejar los malos espíritus. Veremos. Por si acaso, para esta noche, ¡salud!

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