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| Los títulos no garantizan la futura riqueza. Foto: BAER |
1.Abuso como negocio. Una cosa es una táctica de venta y otra muy distinta una trampa para forzar la compra; mi experiencia con prestadores de servicios ha sido muy variada, desde esperar más de ocho meses para que me conectaran el gas estacionario hasta el incremento de la tarifa mensual sin razón aparente por parte de la compañía de cable. No sugiero que tales experiencias hayan marcado mi vida al grado de necesitar terapia, pero sí he de decir que considero su accionar como una reverenda porquería. La confianza comercial se funda en una relación como con el abarrotero, recibes un producto y pagas por él, así sin promesas ni expectativas mayores; que si te salió bueno, vuelves a comprar, de lo contrario, ya no regresas, sin que haya represalias ni reclamos de ninguna especie ni de ningún orden.
2. Mareo discursivo. No sólo los abogados utilizan los tecnicismos para tratar de asegurar su información, la mayor parte de las ventas se ven contaminadas con frases y oraciones que envuelven las condiciones de compra en un manto de benevolencia que, aunque no la creamos del todo, generalmente la condescendencia nos gana bajo el argumento de que hay que darles a los que ofrecen, el beneficio de la duda; la mayoría sabemos sobre «las letras chiquitas» que algunos suponíamos que sólo estaban escritas en los contratos, sin embargo, en cada transacción siempre hay algo que no nos dicen sobre el producto en cuestión y nosotros no estamos acostumbrados a preguntar sobre ellos, quizá porque creemos que es de buena cuna no poner en duda la integridad de los vendedores.
3. Servicios baratos. Si partimos de la base de considerar barato todo aquello que podemos adquirir sin el peligro de quedarnos sin dinero, estaríamos englobando muy poco tanto de la canasta básica como de los satisfactores suntuarios, puesto que el número de artículos posibles rebasarían rápidamente una cantidad importante; vivir en el país no es barato, tampoco excesivamente caro si nos atenemos a consumir lo que nuestro presupuesto permite, sin embargo, lo más oneroso es aquello que las administraciones gubernamentales ofrecen como servicio, empezando por el tributario. Y a pesar de que nuestra cantaleta es que todo está muy caro, seguimos comprando cosas, quizá porque en el fondo suponemos que de nada nos serviría tener dinero en los bolsillos si no hay qué comprar y con lo cual satisfacer nuestras necesidades.
4. Intangibilidad onerosa. Hay una situación que resulta curiosa, esto es de lo que solemos consumir, lo más caro es aquello que no presenta un cuerpo sólido, por ejemplo, las membresías a los clubes privados o los tiempos compartidos; sí, está bien, las instalaciones son tangibles, pero ésas no se llevan a casa, lo único que tenemos es un vale para su uso por un corto tiempo, en el resto, se hace patente que no se es el dueño. La relación costo-beneficio no puede hacer que se considere una propiedad como pudiera serlo un carro o una licuadora. En una ocasión, alguien hizo una comparación de lo anterior con un departamento en un piso dieciséis (o cualquier otro que no sea la planta baja) pues si llegara a caerse, la propiedad se esfumaría. Sólo somos dueños de aire. Salud.
Beto.

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