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| El famoso debe soportar las cosas como le vengan. Foto: BAER |
1. ¿Te echas a dormir? Es decir, ¿te vuelves al estado que originó tu deseo de ser famoso? Soñar con ser reconocido pareciera una pulsión que va desapareciendo conforme ningún productor renombrado nos descubre o ningún entrenador o visor de talentos va a nuestros partidos; por otro lado, ¿por qué habría necesidad de que fuéramos descubiertos? Lo que hacemos o dejamos de hacer importa únicamente a quienes están dentro de nuestros círculos sociales (ahora redes también), dependiendo del tamaño de éstas, será el reconocimiento que tengamos, aunado al trabajo pues si no es constante, el olvido sería un destino más probable. Por supuesto que no es una ley, la variable más importante en la relación creador-público es el tiempo que decida invertir este último al consumo de contenidos.
2. Tampoco tomas siesta. Las cosas por las que somos conocidos tienen fecha de caducidad en la memoria de los demás, según el grado de conocimiento que tengamos con ellos, la frecuencia con la que convivamos y su propia capacidad de retención de información. Las dinámicas han cambiado y la vigilancia sobre lo que hacemos es más cercana, pero también se desecha más fácilmente, las escalas de prioridades han cambiado radicalmente transformándonos en espectadores en lo que deberíamos ser actores y viceversa. Los valores se han reconfigurado en una escala cambiante en plazos muy cortos, acordes a la atención que ponemos en las cosas, a nuestros hábitos de consumo y a la concepción de «úsese y tírese» con lo que nos involucramos con todo.
3. Alerta con los comentarios. El famoso debe tener la piel gruesa y dura además de contar con la ayuda profesional para mantenerlo cuerdo, sobrio y funcional, pero claro, eso es mucho pedir cuando la fama sirve nada más para deslindarnos del común de los mortales, sin importar los medios con los que adquirimos esa notoriedad, no obstante, las alertas se disparan cuando los comentarios de esos mismos mortales no favorecen la imagen de famoso, pues es donde nos damos cuenta que al halo que nos envuelve no nos pertenece, que nos lo hemos ganado, sí, pero es prestado porque depende del ejercicio de admiración de un público que pudiera estar obnubilado mientras su gusto se satisface, pero el posible despertar puede suceder en cualquier momento.
4. La gozas. Al menos así debería ser porque, ¿a quién no le gustaría tener los reflectores sobre su persona y ser admirado por los demás mortales, poniéndonos en una plataforma superior, aunque sólo se trate de un miserable ladrillo? Lo malo es que en un ámbito de fama (y fortuna), el gozo se asocia con los excesos y éstos resultan atractivos hasta que aparece el deterioro moral o físico, lo que puede concluir de dos maneras, la «muerte virtual» o la muerte real y, si hay suerte, la reivindicación de la víctima de la fama, aunque en este segundo plano, también existe el riesgo del exceso testimonial al convertirse en predicador del formato en el que se regeneró. Salud.
Beto.

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