He dado por perdidas muchas cosas, la mayor parte de ellas son libros. Nunca he estado de acuerdo en que quien presta como quien regresa un libro son unos tontos; creo de mejor manera, que depositar en manos de un extraño (aunque conocido) la confianza de usar una obra literaria o de consulta, representa un acto sublime de camaradería.
Con ello sabes que has sido útil para alguien pues, por así decirlo, le has aliviado el engorroso trámite de buscar por tiempo indefinido. En varias ocasiones se puede observar que hay los que sin reserva, prestan a otros los volúmenes que requieren y en otras tantas los que, por alguna cuasa extraña, los conservan por mucho tiempo.
Hace unos días, uno de mis alumnos tuvo el tino de regresarme un libro que le había prestado hace poco más de un año. El gesto se me hizo extraordinario puesto que la costumbre indica que no volvería a verlo. Inclusive, puedo confesar que no recordaba que lo tuviera. Achaques de cerebro sobreexpuesto. No salté de gusto por la condición precaria de mis tendones, pero casi lo hago.
Me dio gusto recuperarlo pues, casualmente me es nuevamente útil consultar sus páginas para otra clase. Por supuesto está la herramienta de la red pero hojear un libro no tiene comparación. También debo hacer un acto de conciencia y redactar una lista de todas aquellas obras que me he quedado en calidad de préstamo, conste. También es un buen pretexto para recuperar relaciones dejadas en pausa. Ya voy, ya voy. Salud.
No hay comentarios:
Publicar un comentario