| De la vista nace el amor. Foto: Baer |
Pocas veces me sorprendo tanto con la diligencia de una persona, aunque no dejo de admirar su entrega y disposición al servicio; si la sonrisa fuera una moneda de cambio, Claudia haría multimillonarios a muchos de los comensales del negocio que atiende aunque, pensándolo bien, la riqueza que se obtiene con su presencia es inconmensurable.
No haré uso de comparaciones pues creo que es alguien único a quien se le debe prestar atención para no perder detalle de todo lo que tiene por ofrecer, empezando por la rapidez con la que memoriza lo que vas a pedir y lo convierte en una experiencia real, sin varitas mágicas ni pases extraños, pero tiene un halo peculiar que te envuelve por completo.
Su prestancia tiene la facultad de crear la necesidad de probar eso de lo que está hablando; puede ser por las palabras que utiliza o el tono al pronunciarlas o el que te mire directamente a los ojos cuando te sugiere lo que puedes obtener en cada platillo... ¡Ah! Porque no sólo te sirve comida, te lleva todo un pasaje icónico del paraíso en un plato.
Por supuesto, en cada bocado se puede adivinar la mano de un chef expedito, conocedor de lo que hace, pero el preámbulo que crea Claudia hace que las expectativas se vean superadas, que hasta el sonido de los cubiertos se conviertan en una melodía que ataca el paladar, que desaparezca por esos instantes, el pecado de la gula. Salud.
Beto
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