lunes, 15 de agosto de 2022

A una larga distancia

La verdad no sólo la cuenta el historiador.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Al paso de los años las cosas empiezan a verse como en un amplio horizonte donde todas van colocándose según les da la gana; a las alturas en las que estamos viviendo varios, ya no podemos objetar puesto que la memoria se ha vuelto más un álbum fotográfico que una herramienta para poner orden. Muchos tendrán las imágenes almacenadas muy nítidas y aún con la utilidad intacta, como si de una receta de cocina se tratara, los que dejamos pasar los detalles por atesorar las sensaciones, debemos conformarnos con ya no distinguir las aristas, lo que en ocasiones es una ventaja porque así los recuerdos lastiman menos. ¿Qué es lo que preferimos recordar por ejemplo, en una tarde lluviosa sentados en el sofá que ahora elegimos por comodidad?

Obviamente es preferible tener buenos que malos recuerdos por salud mental y por tranquilidad, aunque no siempre se puede evitar que la voz de la conciencia nos torture a ratos; quizá, por nuestra naturaleza social, lo primero que evocamos sean personas ya que es más fácil fijar rostros que paisajes o situaciones, incluso somos capaces de ver rostros en objetos inanimados, lo que llamamos pareidolia. Con base en las caras, solemos reconstruir los lugares que compartimos con personas específicas, lo que utilizamos para ilustrar momentos presentes porque “como decía la abuela, para todo mal, mezcal”. Con ello, entonces, narramos comidas, viajes, juegos, visitas a familiares o construimos anécdotas que nos servirán para amenizar o quitar solemnidad a una conferencia.

Ya aprendimos que todo tiene un precio y antes de que se me avienten a la yugular, no estoy hablando de dinero, al menos no exclusivamente; los precios que ponemos a los recuerdos tienen que ver más con lo que produjeron en nuestro ánimo y a partir de esa apreciación, los valoramos. Cierto, en ocasiones una hormiga se convertirá paulatinamente en marabunta, un choque entre dos autos pasará a ser una carambola de ocho o dos individuos en una pelea se convertirá en una campal, según la imaginación o la falta de registro de quiénes ya hayan escuchado nuestras historias, los que por paciencia o prudencia, deben sacrificar sus ímpetus de historiadores olvidándose de la exactitud por el disfrute de la anécdota, porque además, deben confiar en el sentido común de nuevos oyentes para detectar una exageración.

Si la experiencia cotidiana tiene algún tipo de sistematización para ser legada, sin duda debe ser administrada por un concejo de notables ancianos, que entre ellos tengan la autoridad de corregirse lo que recuerdan y que tengan la voz propia para plasmar esa memoria en cualquiera de los formatos de los que disponemos gracias a la tecnología; podría ser un gran proyecto voluntario, al menos el de compilar los recuerdos de las generaciones que nacieron en el siglo pasado y que vieron con ojos distintos cada cambio que se gestó en su entorno inmediato, ni siquiera como un ejercicio científico guiado por la historia, sino como el compendio de impresiones y sensaciones para tratar de entender los significados de vivir y crecer en una ciudad que se empecina en ocultarse. ¿Quién dijo yo? Salud.

Beto

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