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| Si pensáramos más en lo que dejaremos atrás, quizá todo se atesoraría. Foto: BAER |
Juntar dos pensamientos no crea un feudo mental, los segmenta, los divide en partes semejantes y procura que se disgreguen por ámbitos distintos a los que estaban acostumbrados a moverse; es como un choque de asteroides que se fragmentan volviendo a las partes igual o más peligrosas que el todo que las originó. Pero no dejan de encajar unas con otras a pesar de que al dividirse, cada pieza va tomando forma propia, independiente en algunos aspectos pero complementaria en otros; encontrar dos que expliquen un objeto, condena a esa explicación a encontrar un motivo para fragmentarse de distinta forma, por lo que el conocimiento mantendrá una dinámica que se proyectará en el tiempo, mientras haya quien piense.
Tampoco es posible dejar de acumular ya que es el resultado de la experiencia, repetitiva o nueva, nuestros sentidos nunca descansan, el cerebro siempre está alerta sin importar lo onírico del momento. Al parecer, hasta dormidos aprendemos y hay quien dice que ha resuelto algún problema mientras soñaba, lo que tiene lógica si pensamos que el trabajo neuronal es el mismo durante la noche que en el día. ¿Qué hacemos normalmente con lo que aprendemos? Lo aplicamos en nuestra vida diaria, lo enseñamos en los tres ámbitos educativos y algunos lo escribimos por si acaso a otros les causa curiosidad leerlo; de alguna manera lo heredamos siendo esto lo más valioso que tenemos para compartir, independientemente de que sea comercializable o no.
Las memorias capturadas en papel o en cualquier otra forma de archivo, vienen a conformar el mayor patrimonio al que puede aspirar cada generación, cada captura enriquece el bagaje de todos los grupos sociales aportando detalles que la tradición oral podría tergiversar con el tiempo, lo rescatable es que esos cambios tienden hacia la bondad; claro está, también hace su aparición la exageración como por ejemplo, hacer de los protagonistas de una historia, seres superdotados y de valores incorruptibles, pero eso lo hacemos con todos los difuntos, bendita muerte que hace de su aparición, un sortilegio transformador que nos regresa a un estadio semejante a la pureza. Son los pequeños detalles que dejamos como la marca de que aquí estuvimos listos para saltar y descubrir otra dimensión. Salud.
Beto

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