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| La ignorancia no duele, pero cómo molesta. Foto: BAER |
Todos ignoramos algo (o mucho) y es natural que así sea puesto que en todo momento y a cualquier hora, aparecen cosas nuevas de las que no necesariamente tenemos noticias, lo que no implica que sean por fuerza avances tecnológicos, cambios en la política o economía nacionales o desastres en uno de los puntos vulnerables del planeta, ignoramos casi todo el tiempo qué actividades están haciendo nuestros familiares o amigos cercanos, cuánto ha crecido el sobrino más pequeño o si la próxima producción de Steven Spilberg tratará sobre alienígenas viviendo en el subsuelo de Singapur. A pesar de estar inundados de información y de aparatos que la concentren, tenemos que tomar un descanso a veces.
Si imaginamos a nuestro cerebro tratando de procesar toda la información que absorbe voluntaria o involuntariamente, entenderíamos que los momentos de descanso y, por lo tanto de ignorancia, son una bendición. La desconexión permite recargar las ganas de saber, volver a ver nuestro entorno con ojos de novedad, reactivar la curiosidad para volver a entender el porqué de lo producido al día; por fortuna para nosotros los humanos, la curiosidad es un recurso que, si se cultiva, es inagotable y la ignorancia es el motor que la mueve hacia el destino que nosotros mismos nos ponemos, suponiendo que el trazo de las rutas para llegar a él, estará planeado desde el supuesto de que no nos faltará la tenacidad en ningún momento.
Aún cargamos un estigma conceptual por suponer que la ignorancia es un mal a erradicar, lo será en asuntos básicos de convivencia social, de pago de impuestos o de comportamiento en lugares específicos, sin embargo, sería imposible saber toda la información generada, no se diga en el mundo sino en nuestro entorno inmediato puesto que a cada segundo generamos un conocimiento nuevo. Para comprobar mis palabras de manera sencilla, prueben en el buscador de su preferencia encontrar una simple palabra como por ejemplo “moda”, vean la cantidad de referencias generada e intenten leer el mayor número posible; si contaron el tiempo se darán cuenta que, para leerlas todas, no les alcanzaría la vida. Humildemente ignorante. Salud.
Beto

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