lunes, 29 de mayo de 2023

Te ayudo, si eres de los míos

Para unos, la carga de los otros es nada. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- En alguna de las teorías sociológicas se establece que para que un grupo funcione, no debe contar con más de veinte miembros, pues tanto el contacto físico como la comunicación se diluyen en formas individualistas de expresión cuando se excede ese número; en la cultura nacional una diferencia de cinco o diez no significaría gran cosa pues “¿qué tanto es tantito?”, sin embargo, algo de cierto debe tener tal sentencia pues si lo aplicamos a un salón de clase, sí se nota una pérdida de control por ejemplo, cuando se aplica una actividad, se trata de aprender pronto los nombres o establecer qué tipo de aprendizaje prioriza cada alumno y no es falta de capacidad del docente, porque los hay quienes atienden a cuarenta y cinco, sino porque no queda mucho tiempo para atenderlos.

A pesar de eso, insistimos en crear congregaciones multitudinarias que se vuelven masa casi permanente en la que volverte un número es inevitable, la identificación con el grupo total se hace imposible de facto, por lo que debe volverse un acto de fe. Se apela a místicas y filosofías que cubren ciertas generalidades que cubren lo que debería ser un humano, pero cuando se trata de definir las particularidades, no se tiene idea o se evita el compromiso. En esa tesitura se encuentran partidos políticos, iglesias y, en menor medida pero con una pasión más irracional, los equipos de fútbol. La parte general va perdiéndose, cuando nos adherimos a las filas de una de estas agrupaciones, la situación de anonimato que conlleva, resulta muy cómoda para librarnos de las pifias partidarias.

Hay una actitud generalizada en el deporte de las patadas, aplicable a partidos y congregaciones religiosas, que aparece en la victoria o la derrota del equipo de preferencia: cuando gana “ganamos”, cuando pierde, “perdieron”, a pesar de que en ninguna de las dos circunstancias nadie más que los jugadores intervino. En el único ejercicio democrático del que hacemos uso se puede afirmar de la misma manera, si quien gobierna sale “bueno”, nos referiremos a él como el presidente o el gobierno, pero si es malo, tu o su presidente; en lo que respecta a lo religioso, podríamos anotar un montón de vaticinios, condenas, advertencias o sentencias y de todas, el resultado sería el mismo, estaríamos muy seguros de que van a pasar, pero si no suceden, siempre estará la vieja confiable: “los designios de Dios son inescrutables”.

Las creencias habrán de servir de salvaguarda para evitar los peligros de este mundo; cuando inició el sindicalismo (otra forma de reclutamiento), se vendió la idea de que era para proteger a los trabajadores de la voracidad del sector patronal, se uniformaron las conciencias y no se evolucionó hacia la producción sino se estancó todo en una lucha perenne entre el concepto de productividad y el de menor esfuerzo. Formados en sectores, vamos normalizando visiones deterministas que nos marcan un destino que pareciera haberlo impuesto un ser caprichoso que se mantiene ajeno a cualquier realidad aunque en todas se le evoque; es entonces que suponemos que debemos valernos por nosotros mismos, los iguales, los que merecemos los valores del universo, los diferentes tendrán que esperar. Salud.

Beto

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