lunes, 14 de agosto de 2023

La cultura del sacrificio

Todos émulos de María la del Barrio. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Aunque la implicación es clara, el tener como uno de los máximos logros de la existencia al sacrificio, no nos permite la observación de los potenciales propios del entorno; ser una especie de mártir nos mantiene en la ilusión de ser apreciados por el abandono de uno mismo en aras de una causa común, como el salvarle la vida a alguien o cualquier acto que los demás puedan calificar de heroico. Lo malo es que ese término se ha abaratado un poco, por lo que intentamos usarlo parejo para acciones cotidianas que no deberían significar sacrificio alguno, por ejemplo ser padre o madre solteros, que los hay por distintas causas que les truncaron sus aspiraciones, pero también los que lo vieron como una opción de vida por medio de la cual encontrar su felicidad.

Habría que pensar a quién beneficia que nos despojemos de lo que necesitamos o queremos, como un requisito para alcanzar el favor celestial; desde hace mucho debimos darnos cuenta de que no venimos a este mundo a sufrir, ni siquiera a trabajar como burros para medio alcanzar cierto bienestar, venimos a aprender a apreciar la vida en todas sus formas, a sabernos parte de este mundo y no dueños de él, porque el sufrir nos hace pasivos, aferrados a esperanzas improbables, irresponsables buscadores de culpables de una situación cada vez más insostenible pues está pasando de la privación irracional al hedonismo absoluto porque no hemos decidido dejar de victimizarnos con eventos que, ni nos tocaron ni sabemos cómo resolver en ningún plazo.

Es curioso darnos cuenta de que nadie en estos tiempos aceptaría la vida estoica retratada en el cine de los cuarenta pero aún dan crédito a historias instantáneas transmitidas en la Rosa de Guadalupe, eso sin contar con las canciones que se consumen desde hace seis décadas (ahora con balazos) que sólo cambiaron los ritmos y las instrumentaciones, pero cuentan con el mismo sufrimiento y congoja, aunque estén disfrazados de grosera modernidad. Los supuestos espectáculos reales en las modalidades de paneles, mesas redondas y encerronas que intentan dignificar lo mal que se lo pasan sus protagonistas, cuando lo único que deben hacer para pasarla bien, es dejar de aprovecharse de los demás en propio beneficio, digo, si es que esa clase de emisiones fuera cierta y no intentaran vernos la cara.

La vieja confiable para entender la fascinación por el sufrimiento y el sacrificio sigue siendo la telenovela; el formato de la Cenicienta se mantiene vigente porque, al igual que un esquema matemático de primero de primaria, es muy simple de entender: hay buenos y malos, una protagonista que responde a todos los atributos de una heroína medieval (bonita, joven, agraciada e inocente), una mujer que por alguna circunstancia nació despojada de lo que le corresponde por derecho divino y merece ser una princesa, obviamente, necesita de la intervención de un príncipe casi perfecto que su único cometido es proveer de todas las comodidades a su amada de la cual se prendó sin motivo ni mérito algunos, sólo el simple hecho de la existencia del amor eterno. Ajá. Salud.

Beto

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