lunes, 24 de noviembre de 2025

El insulto

A veces, lo más insultante
es el silencio. Foto: BAER
Irapuato, Gto.-

1. Inocencia gramatical. El insulto está desprendido de todo discurso, es disruptivo, es la ruptura de la razón, pero su independencia es aparente porque aunque se aleja del contexto, es éste el germen de su existencia, sin embargo, el reproducirse depende de encontrar a su par en el otro; fuera de lo altisonante de los vocablos proferidos, el insulto suele seguir un orden gramatical impecable, posiblemente para que al agredido le quede perfectamente claro el peso y la intención de cada palabra. Morfológicamente, se escogen minuciosamente las palabras que sintácticamente llevarán el orden adecuado que prosódicamente tendrán una pronunciación impecable, a lo mejor como resultado del enojo que se produce con tales roces. es triste darnos cuenta que la perfección también puede obtenerse por el camino equivocado.

2. Oportunismo lingüístico. Cuando no se trata del señalamiento de una característica física, salen a la luz malabares de un lenguaje basado en la sonoridad de las palabras semejantes entre sí u homófonas, con el único fin de hacer caer al otro en una trampa; tanto la comparación como el albur han servido tanto como agresión como forma de medir el aguante de los que nos rodean; no es extraño escuchar vocablos dirigidos hacia aquellos que nos caen mal para que se sientan incómodos con la notoriedad de algún «defecto» portado aquel día. Puede ser señalada una prenda de vestir, un mechón mal peinado, una característica física que, aunque normal, les haga ver como un error u otra que se salga de los parámetros de la «perfección», como manos demasiado grandes, manchas en la piel o labio leporino.

3. Es una decisión propia. Si no somos los que proferimos el insulto, entonces somos el blanco de él, pero es opcional si lo aceptamos o no; dado que por lo general utilizamos la comparación con animales u objetos para hacer sentir mal al otro, solamente debemos ubicar que en nada nos parecemos para no dejar entrar en nuestra cabeza a los improperios, a menos que en el fondo sepamos que obramos mal y algo de cierto hay en lo que nos dicen. La expresión popular «lo que te choca te checa», es muy gráfica en este sentido y a nivel macro, podríamos darla por cierta en las reacciones de los servidores públicos cuando dicen sentirse ofendidos si alguna expresión, aunque sea sólo de duda, se dirija a ellos. También es cierto que, a medida que van escalando en los puestos gubernamentales, la piel se les va haciendo más delgada.

4. La comparación. La mencioné en el párrafo anterior, cuando comparamos con el fin de sobajar o insultar, no hay vuelta de hoja, el objeto o el animal en cuestión responde a una característica que queremos imputarle al otro; dos ejemplos muy gráficos, uno es un toro castrado o sea buey, no güey, no wey ni menos we que son derivados a manera de eufemismos, si la usamos estamos implicando que el objeto de nuestro insulto es impotente, carente de virilidad y sólo sirve como animal de carga; otro sería un pelo púbico o sea, pendejo, la lógica está en que muchos pegados en la zona del pubis sirven de protección, pero uno solo, despegado, es una nulidad, es decir, nada hay más inútil que eso. Lo curioso es que cuando los usamos, suponemos que en ambos casos estamos imponiendo un sinónimo de menso. Salud.

Beto.

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