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| Hasta entre bellezas hay razas. Foto: BAER |
1. Escurridiza como pocas. Nos visita, nos acompaña por un tiempo, hace que nos acostumbremos a verla y después se las cobra todas juntas, como si no hubiera sido responsable de algunos de nuestros excesos; somos propensos a enamorarnos de ella cuando se hace evidente su presencia, aprovechándose de nuestra tendencia infantil a sentirnos vulnerables, pero una vez que detecta que ya crecimos, nos obliga a buscarla, como si intuyera nuestra doble intención de disfrutarla y compartirla como medio de sobrevivencia, no se niega, pero tampoco se va a brindar sin que hayamos trabajado un poco o un mucho. Ya que vamos a tomar una parte significativa, va a pedirnos a cambio el trozo sensible que nos vuelve humanos, que solemos llamar talento y que debemos darle generosamente a riesgo de que, si no es así, nos negará sus favores.
2. Propiedad ajena. Para que la belleza sea patrimonio universal debe ser exhibida en medios de relevancia mundial como el cine, la radio, la televisión y la red y además ser avalada por alguien con poder. Así, presentada como una mercancía, pasa a ser propiedad de unos cuantos que presumen de un usufructo autoconcedido y complaciente con sus excesos; se aficionan a tal grado que no soportan ni aceptan su pérdida pretendiendo alargarla sin éxito ya que intentaron estacionarla en una etapa mercantilizada por la publicidad en una especie de oda melodramática a la juventud. Al final, la belleza vista de esa manera se pierde, los intentos de retenerla se vuelcan en nuestra contra y tenemos como resultado la imagen contraria que se abandona con resignación o sin ella, en lo grotesco.
3. Motivo aprendido. Hay de parámetros a parámetros, lo que en un lugar puede ser bello, en otro no lo es, las diferencias de criterio se las achacamos a los rasgos culturales con los que crecimos, lo que indica que tanto los gustos como las apreciaciones personales podrían cambiar si tuviéramos la oportunidad de cambiar nuestra residencia cada cierto tiempo a otra región, estado o país, lo cual nos vendría bien ya que nuestras perspectivas se ampliarían al encontrarnos que los nuevos gustos no suplen a los anteriores necesariamente. Puede ser que, comparativamente nuestro nuevo concepto de belleza se vea mayor y le demos prioridad, pero el anterior no desaparecerá sino que, en el mejor de los casos, se manifestarán creando con ello, un concepto que nos permitirá tener una serie ce elementos más acordes para valorar aquello que nos parece atractivo.
4. Gusta de ocultarse. La belleza evidente convencionalmente aceptada no tiene mucho chiste, ahí está, donde nos dijeron que debía estar; la belleza que más vale la pena es la que cuesta trabajo, descubrirla y tenerla, la que hay que sacar de debajo de las piedras y que, como ellas, perdura por mucho tiempo. Puede transformarse pero mantendrá su esencia encriptada en nuestros sentidos, con la ventaja de que, con algo de entrenamiento, nuestra percepción de ella puede ser ampliada, a la belleza no le gusta demasiado el protagonismo, a sus portadores sí, sin darse cuenta de que su sed de anonimato le hace huir en el corto plazo. Podemos recapturarla de vez en cuando, pero los ojos ajenos deciden cual será su morada eterna, el convencimiento de una generación a otra será primordial. Salud.
Beto.

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