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| Entre más se acumula, mayor desolación se siente. Foto: BAER |
1. Los objetos. ¡Chachareros! Nos gritaría mi tía si viera el más mínimo montón de cosas invadiendo un lugar o estorbando el paso; la idea del por mientras ha minado nuestra capacidad de orden (principalmente la mía), debido a que en muchas ocasiones, postergamos adecuar los espacios con los que contamos en la casa o en la oficina, es decir, no tenemos un lugar para cada cosa y menos tenemos cada cosa en su lugar. Los objetos que no usamos en mucho tiempo sólo hacen bulto y, créanme, soy un experto en ese dudoso arte de agrupar cosas sin un criterio bien definido, he tenido por algún tiempo (demasiado) una especie de pista de obstáculos distribuida por toda la casa, por mi «bendita» costumbre de no tirar aquello que sé que no le daré uso en el corto plazo, lo que tiene a mi mente convertida en una telaraña.
2. Las cosas virtuales. La bendición que en un principio representaban los ordenadores electrónicos para no tener montones de papeles acumulados, vino a transformarse en el mismo inconveniente, nada más que virtual; la ralentización de los equipos es el menor de los síntomas ya que, por mucho que se generen carpetas, su organización lleva casi el mismo esfuerzo que si fueran reales o, mejor dicho, tangibles. Un amontonamiento en pantalla genera el mismo estrés que uno en la sala y lo peor de todo, es que puedes llevarlo a todos lados en los equipos portátiles y para colmo, a pesar de los rótulos en esas carpetas, es posible extraviar los archivos que no se abren con regularidad, claro está que si eso pasa, son ésos precisamente los candidatos a desaparecer en las posibles depuraciones, a menos que seamos acumuladores compulsivos.
3. ¿Basura? No, perfume. No estoy verde ni despotrico contra la navidad, no hoy, pero parafraseo al Grinch porque con pocas palabras retrata lo que vivimos los acumuladores compulsivos; lo malo de esa posición es que vemos la utilidad a futuro, pero no en concreto sino en abstracto, es algo así como un «luego nos vemos»tan comunes en el habla cotidiana, así, un gancho de ropa roto podría servir para algo, como sostener un tuvo a una pared, por ejemplo. Las botellas vacías de licores o de vino convertidas en vasos, hieleras o floreros se convierten a su vez en un reto de almacenamiento si nuestro espacio es limitado; lo mismo pasa con las figuras en miniaturas que compramos en los mercados o que salen como regalo promocional en las frituras o los pastelillos, pero que tienen el potencial de cambiar de decorado.
4. De capital. Sería la acumulación más ruin que podamos hacer en una economía basada en el circulante; amasar grandes cantidades de dinero supone la privación de él a otras personas pues por derecho, todos deberíamos tener acceso al efectivo con base en nuestro trabajo, pero también es cierto que en ningún lado está escrito que debe haber un tope de acumulación o que una fortuna debe llegar a cierta cantidad para garantizar que a nadie le falte. Lo anterior deja una amplia zona de maniobrabilidad a la codicia, porque lo que produce la acumulación de capital es la excitación por conseguir, no por tener, como en cualquier juego de azar. Tal juego puede ir acompañado por sentimientos perversos como el despojo, la quiebra, el desempleo... de los demás, claro y otras delicadezas del tipo. Salud.
Beto.

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