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| Pocas cosas son tan ilustrativas como los relatos de la abuela. Foto: BAER |
1.Entretenimiento de mayores. En sus últimas semanas, tanto mi abuela como mi tía tenían pequeños periodos de rememorar lo que habían vivido en su más tierna juventud, cosas como el andar descalzas, ayudar en las labores domésticas, hacerse cargo de sus familias, la primera atender su molino y la segunda, a nosotros. Lapsos que se repetían con regularidad y que, al parecer, he empezado a tener desde hace algunos meses (muchos), lo que no quiere decir que antes no los tuviera, sino que ahora se repiten con mayor frecuencia. Nuestra especie debe tener esto como un mecanismo para intentar dejar constancia de que estuvimos aquí, con mayor vehemencia cuando suponemos que nuestra vida productiva ha finalizado y no parece que hayamos encontrado una ocupación que nos haga valer como personas completas.
2. Entrenamiento de pequeños. El entrenar a niños es un gran compromiso si se entiende que es ahí donde, por formación, se logra un buen deportista-aficionado-ciudadano; no se trata de una labor simplemente recreativa donde la condescendencia librará de todo peso al infante sólo porque es pequeño, lo será, pero también es capaz de entender conceptos como trabajo en equipo y camaradería. Eso sí, los entrenamientos para niños deben ser primordialmente divertidos antes que competitivos, ya que los niños reaccionan más fácilmente a la ludicidad, que la competitividad es cosa de adultos. Los recuerdos para los niños deben ser eso también, instrumentos que en un campo de juego, nos permitan almacenar lo más divertido que nos haya pasado en esa etapa que no es de paso, es el cimiento en el que descansará el adulto.
3.Volverlas objetos. Cosificar los recuerdos nos ayuda a muchos a mantener vivas las imágenes que nos significan momentos importantes en nuestro desarrollo; puede tratarse de regalos utilitarios o de adorno, una fotografía, una lista de reproducción de audio o video o cualquier cháchara adquirida en un momento de alta emotividad. Posiblemente seamos la única especie que cargamos afectivamente a los objetos como a «la estufa de la abuela», «el balón del padre», «el cuchillo del abuelo», «el collar de la madre», «la muñeca de la hermana» o los «libros del hermano» y si no es por propiedad, está la costumbre como «el parque donde paseaba la amiga» o «el lugar favorito de la esposa», amén de partes corporales como «el diente de leche del hijo» o «el mechón de pelo de la hija», todo funciona para proyectar un sentimiento.
4. La ciencia ficción. Algunos de nuestros pensamientos, entre ellos las remembranzas, irán quedándose truncos en la medida en la que crezcamos, unos porque no pusimos atención en el momento en el que aquello sucedió, otros porque nos los contaron y los demás porque carecían de importancia; hay otros en específico que son tan buenas que les vamos agregando de nuestra cosecha o que las respetamos tal cual fueron, porque la historia se defiende por sí sola, puede ser que aparezcan la exageración bruta o la grandilocuencia, en ese sentido puede incurrirse en la mentira, pero los buenos conversadores harán gala de la ficción y hasta presumirán de sus conocimientos comprobables por medio de la ciencia, por lo cual, sus relatos seguirán dignos de una antología literaria y, ¿por qué no?, de algún premio de la Academia. Salud.
Beto.

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