Tentaciones más o menos, admirar la belleza circundante está convirtiéndose en una práctica en desuso; pretextando falta de tiempo, dejamos para después el empaparnos de flores o embarrarnos de cielo. Horarios, tareas, mamilas y/o tráficos se anteponen a la contemplación del entorno que, con todo eso, se vuelve cotidianamente insulsa además de peligrosa.
Hace unos días tuve la oportunidad de ser testigo de un prodigio de cielo estrellado; cada luminaria parecía estar cumpliendo un cometido predestinado que hacia inclusive del aire, algo más respirable. Los sonidos comenzaron a armonizarse construyendo una pieza digna de sinfonías decimonónicas; a cada paso que di, el firmamento los acompañaba con destellos como de anuncio televisivo; podía adivinar los gestos de satisfacción de varias de las constelaciones preinvernales.
Si realmente tuviera algún talento poético, ante esa provocación hubiera escrito una oda a la naturaleza que revolucionaría las letras hispánicas; sólo mi pecho enchido de gozo daba crédito a lo que percibían mis ojos, hasta que una melodiosa voz me sacó de mis cavilaciones: "bueno, se va a mover o tendré que moverlo yo de una patada". Ante tan contundente lógica, no tuve más remedio que arrancar, pues el semáforo ya había cambiado a verde. Lo de siempre, no todos pueden ver lo que tú ves en esos momentos especiales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario