sábado, 26 de octubre de 2013

Crezco, bah.

Debe ser el cambio de clima, el humor me ha cambiado al grado de que no necesito brebajes extraños para mantener la temperatura baja; podría ser efecto de toda la información que debemos escuchar sobre los cambios climáticos o el hoyo en la capa de ozono pero me resulta inconcebible que acumule en tan poco espacio tanto calor.
Algunas feministas podrían asegurar que es el resultado de la andropausia, lo cual suelo tomar a broma, aunque los síntomas sí los tengo; el machismo corporativo afirmaría que es la falta del ejercicio del poder masculino (en franca retirada algunas veces); yo creo que estoy regresando a la tierra toda la energía que he absorbido desde mis años de deportista aficionado.
El caso es que entre bochornos, olvidos, necedades y voluntariosa preocupación por tratar de terminar con buenas cuentas cada día de la semana, ya no me reconozco como aquel despreocupado individuo que solía deambular por las calles de Fresópolis entre los sonidos de las discotecas, los gritos de los vendedores ambulantes, los hot cakes de Pancholín y más delicias sensoriales.
¿Estaré abriéndome sólo a percibir lo malo? Porque ¡ah! cuán rápido identifico ahora los olores a caño, a podrido o a muerto; distingo inmediatamente errores ortográficos, paredes pintarrajeadas y palabras poco afortunadas en labios femeninos. La bendita despreocupación ha levantado su campamento y ha decidido ceder su lugar a una especie de adultez rampante. Con mis reservas, salud.
Beto.

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