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| Sucede que no sabemos cuáles son los límites de lo que merecemos. Foto: BAER vía Meta AI |
1. Ser lo máximo. Es una sentencia que pesaba en nosotros apenas nos asomaban uno cuantos pelos en la cara, ser el mejor era una obligación con la base económica como requisito; la suposición era que con esfuerzo y mucho trabajo todo se nos daría, pero nunca nos aclararon que la meritocracia no ha sido suficiente puesto que un gran porcentaje del éxito se debe a las relaciones que sembramos a lo largo del tiempo, sin embargo, debíamos solventar el primer obstáculo que era el que a la mayoría nunca nos educaron para ser sociables, por el contrario, debíamos evitar el dar molestias, así que a los pocos que les dieron la oportunidad de desarrollar esa parte o mejor, les animaron, por supuesto que se creían mucho; caían gordos.
2. Todo a mi servicio. En años anteriores, los únicos que parecían tener el derecho de sentirse el centro del universo, eran los famosos, sin importar que fueran actores, deportistas, científicos, escritores o políticos, porque fuera de esos mundos, cualquier otro no pasaría de ser un presumido; ahora, la celebridad puede alcanzarse pavoneándose en ropa interior frente a una cámara o arreglando cosas o criticando con palabrotas de por medio a otra celebridad, una figura política o una obra literaria, por citar unas cuantas; lo que quiero decir es que ya no importa tanto el estar preparados o no para lograr notoriedad, aunque la preparación suele ayudar, lo que importa es lograr cierto impacto y mantenerse en el gusto de un público hedonista.
3. Vivan como yo. Gurúes de todo tipo, al descubrir que algo les funciona, sucumben a la tentación de compartirlo con el fin de ganarse un prestigio y unos pesos (¿por qué no?). El contenido de fondo no es necesariamente educativo pero sí tiene algo de doctrinario pues, sin importar de quién se trate, los que conformen el público adquirirán el compromiso de seguir la reglas que se impongan en el mensaje. El convencimiento es, en realidad, un contubernio entre quien organiza las ideas y quienes las compran por una necesidad fatua de ser tomados en cuenta en un proyecto cualquiera, aunque éste suponga la renuncia a pensar racionalmente y comprometer la individualidad por servir en algo sumamente complicado.
4. El Armagedón. A la más pura usanza de los infomerciales (a’pa nombrecito) la tendencia a hacer ver al mundo que no hay mejor manera de ser que la propia, responde quizá, a toda esa bola de argumentos sobre lo malo que resulta envidiar la vida y las posesiones ajenas; la negación y su subsiguiente represión de lo que sentimos, se a bien o mal visto, no nos ha creado más que una especie de olla exprés en la que metemos todo lo que nos avergüenza, hasta que llaga el momento en que nos explota en la cara, en lugar de reflexionar sobre que eso que sentimos es natural, pero que debemos responsabilizarnos de ello, es decir, si queremos algo, ¿qué haremos para conseguirlo? Salud.
Beto.

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